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martes, 11 de junio de 2013

PORQUE TE QUIERO TE GOLPEO


Los noticieros se encargan de mostrarnos constantemente un mundo violento: ladrones que roban y no les importa matar, mujeres asesinadas por sus parejas, chicos abusados por sus profesores, automovilistas que atropellan y dejan tirados como perros a sus víctimas, personas golpeadas por su apariencia o religión, muertos por narcotráfico y un sin numero de atrocidades. Pareciera que la violencia se ha duplicado. Nos sentimos más vulnerables que en otros tiempos. La maldad que se esconde en la propia casa, en la esquina, arriba de una moto, saliendo del banco, en un colectivo o en los rincones más impensados pasa indefectiblemente por nuestras retinas. No creo que todo tiempo pasado fue mejor. Los medios de comunicación y las redes sociales brindan un nuevo espacio para gritar, para sacar de las sombras lo que nos pasa, para mostrar la realidad que siempre existió pero a la cual no teníamos acceso. Tampoco quiere decir que cuando aparece otra noticia que desplaza estos hechos y no se ven más en la pantalla, dejen de producirse.
La violencia siempre habitó la historia de la humanidad. Es generada por diversas razones, pero las consecuencias siempre son las mismas: humillación y dolor en el cuerpo y en el alma, y hasta la muerte.
Existe la violencia empapada de poder y dinero. Las ligas grandes juegan en esta categoría. En un principio son lejanas, no tocan ni cruzan nuestros mundos. Pero un día nos mezclamos y caminamos codo a codo con esa gente que vive en mansiones y pasea en autos importados manchados de vidas que ya no están. Quizás una bala en un shoping o viendo un partido de fútbol impacte en nuestro cuerpo sin entender porqué. ¿Dónde está el Estado? ¿Quién nos protege?
Y están los que juegan en las ligas más pequeñas de la sociedad, los marginados, quienes roban y matan por un celular o algunos pesos. Sin objetivos en su existencia. Menosprecian sus propias vidas y, más aún, las vidas de los otros. Subsisten. Hacen lo imposible para emborracharse y drogarse. Tal vez de esa manera junten sentido al estar y un poco de coraje. El coraje que necesitan par transitar este planeta injusto y desequilibrado.

Muchos de nosotros fuimos protagonistas o testigos de algún tipo de violencia por discriminación. Nadie está exento. Mujeres, niños, negros, judíos, musulmanes, de derecha, de izquierda, homosexuales, bolivianos, paraguayos, feos, gordos, lindos (porque ahora los lindos también la ligan), anteojudos, narigones, discapacitados… distintos. Pareciera que es inherente al ser humano. ¿Quizás por miedo a lo diferente, a lo que no sabemos ni conocemos? Pero justamente porque uno es un humano y posee un cerebro grande, es dueño de comprensión, inteligencia y creatividad y puede utilizar un lenguaje verbal debería ser capaz de dominar y combatir ese sentimiento. Sólo se necesita educación y tolerancia desde chiquito. Uno da lo que recibe, lo que conoció en su infancia, y lo más probable es que vuelva a repetir el modelo.
Quien no haya recibido algún tipo de violencia que tire la primera piedra. Creo que nadie podría tirarla. Al salir a la calle a cumplir con la rutina deberíamos abrir el paraguas para protegernos de la cantidad de gotas violentas que llueven por doquier. Esquivar la caca de los perros, la basura taponando los desagües pluviales, subir a un tren, piquetes, calles cerradas sin ninguna lógica, peatones y conductores a los gritos, semáforos invisibles, falta de respeto, inundaciones por desidias políticas son algunas de las cuestiones que nos toca vivir a los porteños. Estamos todos involucrados en este tipo de violencia, que parece poca cosa, pero que horada nuestro ser de a poco, todos los días. Nos acostumbramos. Es así.
Si bien todas las expresiones de violencia son condenables y en en el camino son lastimadas y asesinadas personas y familias, muchas de ellas inocentes, la violencia producida por seres queridos o por personas en quien confiamos no entran en mi cabeza. No entiendo esa violencia que se ejecuta en nombre del AMOR. Qué contradictorio, ¿no? ¿En qué piensan esos maestro que abusan a niños? ¿Qué se le cruza por la cabeza cuando un hombre (aunque también hay mujeres) quema a su supuesta amada? ¿Se perdieron los lazos de sangre en un padre que golpea con furia a un hijo hasta dejarlo inconsciente o muerto? ¿Cómo es posible que una persona pretenda poseer a otra como si fuera un jarrón o una mesa? ¿Dónde está el instinto de preservación de la especie?
Recuerdo que hace unos diez años, en el subte, me acerqué a un puesto de diarios y, para matar el tiempo mientras esperaba, leí distraídamente las tapas y los titulares. Una noticia me angustió: una nena de doce años quedó embarazada después de que fue abusada por su abuelo. Quedé con la mente en blanco pensando en mi hija, que en aquella época también tenía doce años. Llegué a mi trabajo y no pude concentrarme. Escribí en un pedazo de papel un esbozo de cuento, que después resultó ser SERPIENTES.
El tema de la violencia muchas veces se ha mezclado en mi escritura como una especie de venganza literaria contra todos aquellos que ejercen su poder y su fuerza POR AMOR..

Cuentos en este blog

La Cena Perfecta


Día Libre


Serpientes

SERPIENTES


Edu alcanzó a distinguir el reloj de la plazoleta: las seis menos cuarto de la noche.
No hacía dos horas que se había escapado de su casa, pero ya sentía la necesidad de hablar con su madre y explicarle, aunque fuese por teléfono. Dobló por Rodríguez Peña directo a Santa Fe, buscando una cabina.
Caminaba en trance, sin prestar atención. Caras. Voces. Gritos. Carcajadas. Todo pasaba a su lado, borroso, sin limites, en otra dimensión. Como un pájaro perdido avanzaba. 
Un bocinazo lo zarandeó. Descubrió que se encontraba frente a la entrada de una galería.
—Bond Street —leyó en la marquesina, y fue internándose en un mundo desconocido, atraído por fotos pegadas en las vidrieras de espaldas, bíceps y torsos tatuados con desbordantes monstruos, dragones y serpientes.
Víboras, se dijo frente a una fotografía. ¡Eso es lo que necesito! Víboras, repitió.
Recorrió el pasillo, y sin pensarlo dos veces, se metió en un negocio vacío.    
—¡Quiero tatuarme! —dijo encarando a un hombre que acondicionaba una especie de pistolita.
—Epa, ¡qué apuro! —contestó el hombre, mientras se rascaba sus puntiagudas y llamativas orejas. Usaba un par de anteojos con vidrios redondos, y miró a Edu por encima del armazón—. Preparo el puntero y ya estoy con vos. Mientras, podes elegir el dibujo en las revistas que están sobre la mesa.
—No hace falta. Quiero víboras por todo el cuerpo.
—¿Todo el cuerpo? —el hombre sacó una libreta de su bolsillo, y dijo—: te doy un primer turno para mañana, y otro para el jueves que viene...
—...no puede ser todo hoy? —interrumpió Edu.
—Imposible. Un tatuaje así llevaría varios días.
—Entonces, tatuáme sólo el pecho. Pero que sea hoy.
—En una hora cierro, y esto tardaría como cuatro.
Edu sacó de adentro de la media un bollo de billetes.
—Te pago el doble. ¿Cómo te llamabas?
—Daniel Montre, pero me dicen D. Montre. 
—Te pago el doble, D. Montre –Edu desovilló el dinero.  
—Bueno —dijo D. Montre mirando fijo la plata, encaró para la puerta y trabó la puerta del local—. Sacáte la ropa en aquel camarín —y señaló un cuarto fabricado con biombos—, que ahora nadie te ve. Mientras, le aviso al encargado de la galería que nos vamos a quedar.
Edu se desnudó; un quejido de dolor retumbó en el lugar. Se sentó en una camilla, y esperó.
Entonces, las viejas imágenes se le encendieron como fogonazos: las idas a la cancha con su papá; las charlas, de amigo a amigo, cuando iban juntos a pescar; la bocina del tren; el accidente; la muerte; el llanto de su madre...
Y aquel tipo.
—¡Ya empezamos! —gritó D. Montre desde la puerta del local.
A través del espejo que colgaba en la pared, Edu vio cómo los ojos del hombre se agrandaban como los de un pez al descubrirle las marcas en la espalda.
—¿Con quién te peleaste? —preguntó al acercarse.
—Unos imbéciles... a la salida de un baile.
—¡Te cagaron a golpes! Va a ser mejor que vengas otro día.  Mirá que te va a doler.
—Estoy preparado —dijo Edu, y cerró los ojos—. Cubrí cada moretón con una víbora.
El ruido del puntero ya comenzaba a oírse…
Pinchazo tras pinchazo, embrollados reptiles le iban camuflando la piel moteada de golpes. Con cada movimiento muscular, las serpientes se despertaban de su lecho dibujado. Monstruos con dos cabezas se le enrollaban en el tórax igual que resortes constrictores. Boas, cobras y anacondas flameaban las lenguas como tenedores con dos dientes, listas para engullir a su presa.
Cuando D. Montre terminó su obra, la observó detenidamente: sus ojos se veían con un brillo de triunfo.
Edu sintió una extraña sensación, tal vez de miedo o de angustia. Se miró en el espejo: las lágrimas comenzaron a rodarle por la cara, no podía contenerlas. Absorto contempló el dibujo. Con los dedos acarició a aquellos animales, siguiendo su ondulante recorrido. La perfección de los trazos los hacía parecer casi reales.
El cansancio hacía que Edu extrañase aquel colchón que su mamá le tiraba todas las noches en el comedor. Aunque no podía llamarse precisamente una cama, al menos lograba descansar y cubrirse con frazadas calientes.
En el camino hacia ninguna parte, encontró una cabina telefónica y llamó a su casa. Nadie respondió.
Espero cinco minutos y lo intentó de nuevo.
Tampoco.
Algo le decía a Edu que debía regresar. Y cuanto antes.
Al llegar a su casa, se contuvo para no correr escaleras arriba. Se sacó las zapatillas frente a la puerta del departamento, y procuró no hacer ruido con las llaves.
Entró en puntas de pie. Decidió acostarse. Ya se desabrochaba el cinturón cuando entró el maldito:
—¡Buenos días, querida familia! —dijo con la voz deformada por la borrachera.
Caminaba por el living como la bola de un flipper: chocándose con las sillas, la mesa, las paredes, el colchón. En su zigzagueante marcha, uno de sus pies quedó atrapado entre los pliegues de la frazada. Aquel elefante se derrumbó.
Su madre apareció de golpe. Fue al encuentro de su amado hombre, lo agarró por la cintura y quiso enderezarlo. Pesaba demasiado, se le soltó.
A pesar del mareo baboso, el padrastro de Edu se paró.
—¡Basura! —gritó entonces zamarreando a su mamá—. ¡Dónde te metiste ayer, contestame! —la alzó como a un maniquí y la arrojó por el aire: chocó contra la mesa, haciendo añicos el florero de cerámica. Casi desmayada, quedó tendida en el suelo.  Caminos de agua se deslizaron por el mantel de plástico, empapándola. Edu corrió a  abrazar a su mamá:
—¡La llegás a tocar…! —gritó, y el hombre se le vino encima. Pero patinó con el charco. Desde el piso, pretendió izarse colgándose de la cortina. Todo se vino en banda. Al fin logró erguirse apoyando una mano en el muslo.
Edu tomó una silla. Se la lanzó, pero la mole logró esquivarla.
—¡Fuera! —vociferó alzando las manos y cacheteando el aire—. ¡Fuera de aquí, inmunda!
Edu se puso como loco.
—¡De esta casa el único que se va sos vos! —dijo— ¡La casa es mía y de mi mamá!
—¡Fuera, venenosa! —repitió el padrastro—. ¡Monstruo del infierno! —parecía como si estuviese apartando malezas.
La mamá de Edu seguía desmayada por el golpe, y el padrastro gritaba sin siquiera mirarla.
De pronto la cara del tipo se puso roja, y una tos seca lo hizo vibrar. Tiraba con desesperación de su cuello, se asfixiaba. Torpemente dio una vuelta sobre sí mismo. Se arrodilló. Sin aliento, volvió a derrumbarse. Caía y se levantaba. Caía y se levantaba en una lucha feroz.  Logró pararse con dificultad, y golpeó sus puños contra la pared.
—¡Ya te tengo, bestia del polvo! ¡Te voy a hacer pedazos! ¡Te voy a cortar en trozos! De repente, con una aparatosa acrobacia, cayó al piso y allí quedó inmóvil.
La calma duró sólo un par de segundos. Volvió a agitarse y a gritar:
—¡YAAAAHHHHH! —el padrastro se sacudió como si luchara con un fantasma.
Y Edu pudo verlo perfectamente: increíbles puntos rojos le pintaban los pedazos de panza que sobresalían entre los botones tirantes de la camisa. El tipo se deslizó como pudo hacia la cómoda, que quedó con manchas rojizas. Apoyándose ahí, alcanzó el primer cajón. Sacó un cuchillo y lo clavó y lo clavó sin parar sobre las maderas del piso.
—¡Las voy a matar! —se encogió, abrazado y enrollado sobre sí mismo, se inclinó hasta que tocó el suelo.

La ambulancia llegó rápido. Aunque Edu hubiera querido que tardara un poco más.
Un médico y un camillero se abalanzaron sobre el cuerpo que yacía en el piso. Palparon su muñeca, su cuello. Trataron de estirarlo: se encontraba hinchado y replegado como un acordeón y salpicado de astillas incrustadas en la piel. El médico apretó con las dos manos el tórax del paciente, hacia arriba y hacia abajo, con movimientos enérgicos y rítmicos. Cada tanto apoyaba su boca sobre la boca del padrastro, soplándole vida.
Edu no entendía: cómo después de todas las que aquel canalla les había hecho, la madre se levantaba del piso, casi arrastrándose, en busca de él, de su amado. Y encima lloraba.
—Señora —dijo el médico inspeccionando las manchas rojas en el abdomen, que se habían tornado violetas —, ¿su esposo ha viajado últimamente? ¿Estuvo en alguna selva? 
—No —balbució la mujer con sorpresa.
—No lo entiendo. Es un cuadro raro. Vamos a tener que internarlo.
—¿Se va a salvar? —preguntó la mujer casi en un gemido abrazada al cuerpo de aquel borracho. 
—No lo sé.
La madre de Edu se dejó caer al piso y lloró.
Edu la tomó y la aplastó contra su pecho jurándose a sí mismo que su madre jamás  volvería a verlo, ni a él, ni a ningún otro hombre que osara clavar sus garras sobre ella. Tampoco permitiría que lastimaran su propio cuerpo. Su vida valía demasiado para que un imbécil lo apaleara a su antojo.
Al escuchar la sirena de la ambulancia, Edu quiso maldecirlo por última vez, y corrió hacia la ventana.
Y por un efecto de la luz se vio reflejado en la superficie del vidrio.
Y el vidrio reflejaba algo más.
Por el cuello de su remera asomaba la cabeza de una serpiente.

LA CENA PERFECTA


¡Sangre! Tengo sangre en la saliva. El ahogo tan típico de cuando algo me da miedo y me paraliza y me deja sin palabras. Aunque por dentro quiero gritar.
¿Hace cuánto que estoy tirada en esta cama? ¿Diez? ¿Quince minutos? A lo sumo media hora. Tal vez más, pero... ¿cómo saberlo? Acá todo se ve inmóvil, como si el tiempo no pasara. Salvo por esos gritos que me vuelven loca.
El dolor de garganta me vuelve más loca todavía. Me estalla, me penetra como cuchillos. Debo verme horrible, un perro rabioso al que le cae la baba. No tengo fuerzas ni de limpiarme. ¿Para qué? ¿Para quién? Si estoy metida en este cuarto, sola. Mejor será que me restañe la sangre de la boca. Quiero irme a casa.
Supongo que Carlos me habrá traído acá inconsciente porque no recuerdo absolutamente nada. ¿O fue en ambulancia? Me imagino el susto que el pobre se habrá pegado. Pero ya abrí los ojos, y estoy viva y estoy bien.
¿Cuánto más? ¿O no es suficiente aguantar a ésa que grita en el cuarto de al lado? Aguantar la sensación de que me deslizo y no puedo frenar.
Y el golpe.
Eso sí me acuerdo. No sé ni con qué me pegué. Si con el borde de la mesa o el estante del mueble, o me di contra el piso. Esa parte la tengo un poco confusa. Lástima... ¡La cena podría haber sido perfecta! Arruiné todo, todo. Siempre la misma estúpida.
No aguanto más esos gritos. ¡Ay, me duele hasta el alma! Y este olor a desinfectante. Y a rosa. Este olor a rosa que me sube por la garganta es mucho peor que el olor a desinfectante. Voy a vomitar. ¡Paren a esa loca! Aunque en el fondo la envidio: puede gritar. Yo no tengo fuerzas para gritar. No tengo grito, hace mucho que perdí mi grito.
Y desde el pasillo la enfermera también grita con ese vozarrón:
—¡La 3 va a radiografías!
La 3. ¿Yo también seré un número? ¿Cuál? El 1, el 2, el 33, el 200. Da lo mismo.
Por fin se llevaron a la gritona. Debe ser la 3. ¡La 3 va a radiografías! Se habrá roto algún hueso, o quizá chocó con el auto. O el marido la cagó a golpes porque la tarada se pasó con la sal, o porque la manija de la heladera estaba pegajosa. Sólo Dios sabe. No: también ella y el tipo saben. Y nadie más.
Y el gusto a rosas me desconcentra. No distingo si es un recuerdo o un sabor real. Como fuese, las náuseas —una mezcla imprecisa que apesta a colonia y esta sensación rasposa, como de espinas— están por ganarme.
—Cama 5 a cirugía.
Y de repente veo el living: el mantel sin una arruga sobre la mesa, las servilletas dobladas en abanico, las copas de cristal, los cubiertos de plata, toda la vajilla fina puesta a relucir para festejar el aniversario número veintidós.
Y el arreglo floral. El mejor que yo haya hecho jamás. Nunca había preparado ninguno con forma de paloma. En degradé, del rojo al blanco, con tres tonalidades diferentes. Recorrí tres florerías para encontrar el color justo, quería una cena perfecta en cada detalle. Ni yo misma puedo creer cómo me salió la cabeza de la paloma. ¡Y las alas! En cualquier momento levantaba vuelo.
Pensar que, cuando hice el curso de arreglos florales en la escuela de jardinería, Carlos no daba ni dos mangos por mí. Y ahora no se puede quejar: gano a la par de él —y más también—. En aquel momento, Lorena y Rocío ya iban al colegio todo el día y me sobraba tiempo. No es bueno que te sobre tiempo: pensás mucho y te deprimís. Vivía deprimida yo. Nunca olvidaré el día en que mi amiga Marta me propuso mi primer trabajo como profesional:
—Diana, quiero que prepares las mesas del cumple de quince de Clari.
—Pe-pero yo no sé. No... Yo no puedo.
—Cómo no vas a poder. Si tenés un gusto increíble. Además vi los arreglos que hiciste para tu casa. Muñeca, vos podés. Te hace falta un poco de confianza, así de simple. Si sos recapaz.
—Pero va a ser una fiesta importante, Marta.
—Y por eso mismo. Es una excelente oportunidad. ¿Acaso arruinaría la fiesta de mi hija llamando a cualquiera? Te haces unas tarjetitas, y las ponemos en las mesas.
Durante un mes no dormí pensando si pondría azucenas, fresias o margaritas. Finalmente me decidí por un buqué de fresias y helecho, en un florero de cristal redondo.
La fiesta de Clarita fue mi primer trabajo profesional, con una paga que jamás había conseguido antes.
Me casé apenas terminé el secundario, y enseguida quedé embarazada de Lorena, y a los dos años vino Rocío. Me dediqué a ellas, a la casa y a Carlos. Nunca quise trabajar en una oficina o cosa que se le parezca.
Lo único bueno de este hospital es que acá pensás, recordás. Por lo menos, así las horas se acortan.
Sangro de nuevo, y lo peor es que no hay nadie, me dejaron sola.
—¡No me dejen sola!
Me duelen la garganta, la cabeza. Por favor, vengan. ¡Quiero un calmante! Oí a la enfermera que me van a preparar para cirugía. Llévenme rápido. Necesito que me saquen los cuchillos de la garganta, y este aliento a flores que se me trepa por la nariz y me invade la boca. Seguramente hoy dormiré en esta maldita clínica, en esta maldita cama. Y me taparé con estas malditas sábanas que apestan a desinfectante. Será la primera vez que pase la noche afuera, y espero que Carlos se las arregle con todo lo de la casa. Igual las chicas ya son grandes, con ellas no hay problemas: cenarán en las casas de los novios o en lo de mamá. Pero Carlos... Reconozco que es un poco inútil. Lo malcrié, y ahora me tengo que hacer cargo. La culpa es mía.
Pero ayer me sorprendió. En general él no le da demasiada importancia a este tipo de cenas. La verdad es que si festejamos el aniversario fue por mí. A mí me importa. Pero ayer... Ayer salió antes del trabajo para no llegar tan tarde. Entró a casa con un paquete envuelto en papel de seda y un moño verde. Me dio un beso en la boca, y me lo entregó. Clavé los dedos en el papel y lo desgarré en mil pedazos, y cuando lo vi... ¡No podía creerlo! El vestido que tanto quería. ¿Cómo es posible que lo haya sabido? Pero de inmediato recordé que cuando habíamos pasado por la puerta del negocio le hice un comentario del vestido como al pasar. Sé que me ama. Lo sé. Yo también lo amo. No me imagino viviendo sin él. Lo necesito. Necesito su amor. El amor que él me da, a su modo, pero yo sé que me ama. Ayer parecía que todo iba a ser perfecto. Antes de sentarnos a la mesa le entregué mi regalo: un par de gemelos de oro con las iniciales de su nombre grabadas. No fue fácil la elección, sobretodo para una persona tan exquisita, tan exigente. Creo que le gustó, al menos levantó las cejas al abrir la caja. Tampoco esperaba una gran reacción. Sí me decepcionó que ni siquiera mirara el centro de flores. Rápidamente gesticulé una sonrisa, cambié la cara para no darle más importancia de la que tenía. Realmente por una estupidez así no iba a arruinar la cena. A veces hay que tragarse determinadas cosas, y en fin, seguir viviendo. Y seguí con la cena. Mientras él servía el tinto, yo servía la ensalada de rúcula y parmesano. Estaba feliz. Le conté de la decoración que estaba preparando con limones y piñas para un casamiento en un campo. Él me miraba mudo, con la boca llena, de vez en cuando asentía con la cabeza. ¿Y tu trabajo?, le pregunté después de hablar durante varios minutos sin parar. Se lo pregunté por cortesía, me alcanzaba con estar en silencio, los dos juntos, sólo los dos. Las chicas habían salido. Creo que Lore al cine con el novio, y Rocío a la casa de una compañera a estudiar. No entiendo cómo de un momento tan maravilloso se puede pasar al peor de los momentos.
—La cama quince a cirugía —la voz de la enfermera cada vez se oye más cerca.
Ojalá que sea la quince. Quiero terminar con este dolor de una buena vez. Dos enfermeras, por fin, entran al cuarto arrastrando una camilla. Parece que soy la quince. Las enfermeras me alzan y me depositan en la camilla. Me mueven por un pasillo, donde decenas de caras se me aparecen a los costados y las voces se distorsionan con el movimiento y los azulejos blancos de las paredes van pasando como en una película de terror. Y los gritos con el primer bocado de la carne se me superponen a esas imágenes.
—Está fría —Carlos arroja el plato, volcando la copa de cristal y derramando el vino en el mantel—. Siempre lo mismo. No podes hacer las cosas todas bien.
La puerta del quirófano se abre. La pulcritud encandila los sentidos. Me acuestan en una cama, en el centro, donde decenas de luces como ojos inquisidores se encienden. ¿Me juzgarán? ¿Seré culpable o inocente? Y agarra el centro de flores y lo coloca sobre mi plato de carne, y casi desfigurado me dice:
—Probá este pato a la rosa. Probalo. A ver si está también frío como mi carne. Seguro que está exquisito. Lo único que te interesa son estas mierdas florales.
Parecía no escuchar, estaba como poseído. Me tomó de los pelos de la nuca y me frotó mi cabeza por la cabeza de la paloma.
—Come, come tu pato.
Y el narcótico gas se desliza por mi interior. Abrí la boca sobre las rosas. El aroma se me metió en el cuerpo, se mezcló con la saliva, me subió por la nariz y las lágrimas perdieron su gusto a sal para perfumarme los cachetes de rosa. Un pétalo. Lo trituré. Y otro. me lo tragué. Y el tallo y una espina, muchas espinas. Se me clavaban en la garganta. Me lastimaban, aunque sus dedos me lastimaban aún más. No me entraba el aire. Sentía un ahogo paralizante que me dejaba sin gritos. Inconsciente. A veces las flores son tan lindas, y a veces tan crueles. Las nauseas me conquistaron. Unas nauseas incontrolables. Me mareé. Sólo sentí el golpe en la cabeza.
—Quedese tranquila que todo va a salir bien. Va quedar como nueva después de la operación –me dice la enfermera. Las palabras que salían de su boca se estiraban y resonaban deformadas.
Co-o-mo nueee-va. Co-o-me tu-u pa-a-to.
El cuerpo cada vez pesa más. Aunque las palabras se amontonan confusas, desconocidas. Y emergen de lugares ocultos. Si pudiera cambiar esta vida. Comprar otra. Elegir en un negocio la que más me guste. Señalaría en la vidriera una vida algo soñadora pero que sepa darse cuenta de las mentiras, algo sensible pero segura de sí misma, algo dependiente del amor noble pero no sometida. Nunca más voy a comer pato ni flores ni billetes, ni tantas otras cosas. Ya es hora de despertar mi grito. Un grito atrofiado, en desuso. Hasta acá llegué. Este mareo hipnótico me da tanto placer. No podré comprar en un negocio una nueva vida, pero lo puedo mandar a Carlos la mismísima mierda. Y cambiar. ¿O no? Ojalá nunca despertara. Así dormida tengo fuerza. Aunque si despierto sé lo que debo hacer. Lo sé. Estoy segura. Este es el momento. Gano lo suficiente para alquilarme un departamento. Lo debería haber hecho hace mucho tiempo atrás. La primera vez que me hizo sentir como un trapo. Cómo pasó tanto tiempo.
—Doctor, ya está despertando
Comienzo a sentir un cosquilleo en las piernas, en los brazos. Los sonidos penetran en mí sin pausas, carente de significado, y chispazos de luz me golpean los ojos. Decido que aquel dolor, el dolor de la humillación, el dolor de la vergüenza, el dolor del poder sea el último. Siento un aire renovador, de felicidad. Otra vez en la habitación. El techo blanco me recibe. No lo percibo tan monótono.
—Mi amor.
Giro la cabeza: Carlos entra y se sienta a mi lado. Mi grito se detiene en la garganta, sólo contenido por las heridas, pero dispuesto a salir.
—¿Cómo estás? El médico me dijo que la operación salió muy bien.
Asiento con la cabeza.
—En cuanto te pongas bien, volvemos a casa.
Instintivamente apoyo la mano en el corazón. Acaso tapando su aleteo por miedo a que se transmitiese por la sábana, y Carlos se diera cuenta.
—Te prometo que no va a volver a pasar.
Lo miro fijo.
—Esta vez voy a cambiar, te lo prometo.
Respiro profundo. El aire me quema las heridas.
—¿Me perdonas?
Aquellas palabras me inmovilizaron.
—Te amo —me dice Carlos, acariciándome la mano. Algo duro roza mi piel. De reojo miro y veo un reflejo dorado que tiñe el puño de su camisa.
Casi sin fuerza esbozo una sonrisa.
—¿Me perdonas?
—En cuanto me levante —susurro—, te preparo —trago saliva. Los cuchillos me atraviesan la garganta— una cena... —me llevo las manos al cuello— Te pro-prometo que la carne —trago saliva nuevamente— la ca-carne va estar calien...
El dolor me deja muda.